El 5 de enero de 2011 falleció Mohamed Bouazizi. Poco menos de un mes antes, Bouazizi se había inmolado en señal de protesta por no conseguir oportunidades de desarrollo en su país, Túnez. Así comienza una serie de rebeliones que se ha esparcido por todo el norte de África, generando cambios sin precedentes, cambios rápidos que contaron con la presencia de un factor que antes no existía: las Redes Sociales.

El 14 de enero cae el presidente de Túnez, Ben Ali, el 11 de febrero lo hace el de Egipto, Hosni Mubarak y a la fecha en que se escribe este artículo, la expectativa recae en la figura de Muammar Gadhafi, presidente de Libia.

El virus de la rebelión se ha esparcido a otros países: Marruecos, Argelia, Jordania, Siria, Arabia Saudita, Yemen, Bahrein, Irán e incluso los territorios Palestinos. Casi todos con un mismo hilo conductor: la organización en Internet.

¿Qué tan determinantes han sido las redes sociales de Internet, para el éxito de estas rebeliones?

El sociólogo Manuel Castells, experto en comunicaciones y autor del libro Comunicación y Poder, afirmó en una entrevista recientemente publicada en la página de la Universidad Abierta de Catalunya, que la importancia de las Redes Digitales en las revoluciones de Egipto y Túnez radica en la capacidad de organización que otorga a las personas: “Internet es una condición necesaria pero no suficiente. Las raíces de la rebelión están en la explotación, la opresión y la humillación. Pero la posibilidad de rebelarse sin ser aplastado de inmediato depende de la densidad y la rapidez de la movilización, y esto se relaciona con la capacidad creada por las tecnologías de lo que he conceptualizado como autocomunicación de masas”.

Lo cierto es que aún estamos viviendo en vivo y directo, y ya no solo por la pantalla de CNN o de Al Jazeera, los acontecimientos de una revolución de efecto viral. Los gobiernos que han sufrido estas rebeliones, han sido poco menos que torpes con el manejo de la crisis surgida en el entorno digital. Tal vez la naturaleza del entorno digital haya influido por ir precisamente en contra de regímenes represivos. Luis Carlos Díaz es periodista y coordinador de comunicaciones del Centro Gumilla, con un amplio trabajo en el tema del ciberactivismo y la infocuidadanía, al respecto nos dijo que “La red ha configurado un modo de hacer las cosas al margen de los dictadores, más rápido que la censura, y empoderando a una ciudadanía que ya no dará marcha atrás. Casualmente todos esos dictadores son muy viejos para entender la tecnología”.

“Las plataformas digitales sirven de catalizador –afirma Luis Carlos –. Están ahí, cumplen su rol de facilitar procesos, pero no son los protagonistas del menjurje ni aparecen en la foto final, en el caso de Medio Oriente, tuvieron que darse varias condiciones para que la sociedad exigiese cambios”.

En una postura similar a las de Díaz y Castells, está Iria Puyosa, directora de proyectos de FormaComuna e investigadora en el área de las Tecnologías de Información y Comunicación (TIC’s): “Las TICs en general y las plataformas Web sociales no han sido “determinantes” en la ola democratizadora que recorre los países musulmanes con regímenes autoritarios. No son “determinantes” en el sentido de que no son en sí mismas variables causales del proceso, sino factores que configuran las dinámicas sociales en las cuales ocurre el fenómeno. Son parte del contexto”. Sin embargo, Puyosa también reconoce el papel de Internet en las revueltas árabes: “Lo radicalmente diferente y revolucionario, es que en la información relativa a las crisis de Túnez, Egipto y Libia, no se generó y se distribuyó únicamente por la acción unilateral y jerárquica de grupos de poder político, militar, mediático y/o económico, sino principalmente por la acción distribuida y colaborativa de personas cuyo principal, sino única fuente de poder, es el conocimiento sobre asuntos de interés público y el manejo de información directa”. En rigor, lo que Puyosa reconoce es que esa nueva fuerza de opinión de grupos que no pertenecen a los círculos tradicionales de poder, no sería posible sin las plataformas digitales.

Los regímenes amenazados intentaron manejar y callar las voces que se distribuyeron por Internet, aplicando técnicas arcaicas de censura y provocando verdaderos apagones digitales y tecnológicos. En Egipto se llegó a intentar cortar inclusive las plataformas de telecomunicación celular. El intento fue en vano. Castells describe esta situación en su columna: “La gran desconexión no funcionó: no fue tecnológicamente posible porque se usaron canales alternativos como la red Tor; porque las líneas de teléfono fijo conectaron por módem con el extranjero y de allí con Egipto, con ayuda de Google, Twitter y otros, mediante Twitter, fax y radio de onda corta; porque las pérdidas económicas de la incomunicación eran insostenibles, y porque el país dejó de funcionar”.

No seamos inocentes. Los círculos de poder tradicionales tuvieron mucho que ver e influyeron significativamente en el desarrollo de los acontecimientos en Túnez y Egipto. En Libia su accionar ha sido incluso más evidente. Habría que recordar que ese apoyo de Twitter en el caso de Egipto fue bastante tímido al inicio, y no fue sino hasta que el Departamento de Estado de EEUU fijó posición frente al conflicto, que la herramienta de microblogging del pajarito azul, comenzó a buscar alternativas para no apagarse completamente ante la censura.

Iria Puyosa también refiere el episodio de la Gran Desconexión que menciona Castells: “Los gobiernos ensayaron apagar la Internet pensando que interrumpiendo el flujo de información, la gente se quedaría sin el estímulo y volvería a su normalidad. No entendieron que ya esas comunidades de resistencia formaban una red social que no dependía de una plataforma tecnológica, un medio o una fuente de información en particular, sino que ya eran estructuras de relación multi-contextuales y sus ramificaciones se entrecruzaban en-línea y fuera-de-línea. Sin liderazgos piramidales, ni centrales. Flexibles y capaces de auto-organizarse rápidamente según las circunstancias”. Lo cierto es que, con la ayuda o no de las empresas que lideran el ecosistema digital, los ciudadanos han logrado un despertar que les permite saltar barreras de censura. Y eso ya se venía haciendo en China o en Cuba con relativo éxito. La tecnología, como la vida misma, se abre paso.

Para Castells lo decisivo siempre estará en la gente: “…los ciudadanos, empezando por algunos valientes, vencieron el miedo. Y esa conquista se produjo en las múltiples redes de comunicación, en Internet y en la calle, en las que construyeron y sintieron su comunidad”. Luis Carlos también cree en el protagonismo ciudadano, ampliado exponencialmente gracias a la Web: “La gente aprovechó las herramientas digitales para lograr encuentro, porque Internet es plaza de encuentros público y privados, de deliberación, de construcción de consensos. Para lograr liderazgo, porque se posiciona la opinión pública, se conforman comunidades y se motorizan consignas con un solo fin. Las usaron para narrar, porque Internet permite un correlato de las acciones. Es el medio en manos de la gente para convocar, pero también para mostrar, colgar, dejar su propio trazo en el mundo. Y como modo de conexión, con su propio lenguaje y a su propia velocidad”.

Es interesante el precedente que estas revoluciones está sentando en el intríngulis político-social del mundo. Internet al parecer ha marcado un antes y después en la relación de los gobiernos con sus ciudadanos, e incluso en las relaciones entre los gobiernos del mundo (y habría que recordar el caso Wikileaks).

“Lo mágico es que la Web logra informar a los de afuera y comunicar a los de adentro. Internet puede tener tasas bajas de penetración en esos países, e incluso puede ser más bien un espacio para los que están en el exilio, pero a los pocos que llega dentro de un país, los convierte en nodos, en elites informadas e informadoras” sostiene Luis Carlos.

Castells cree que el cambio es irreversible: “Nadie que esté diariamente en las redes sociales sigue siendo la misma persona. Pero es una interacción en línea / fuera de línea, no un mundo virtual esotérico”.

Castells también piensa que los gobiernos no se quedarán tranquilos con el tema: “Estados Unidos considera prioritaria la ciberguerra. Han destinado un presupuesto diez veces mayor a esta cuestión que el de todos los demás países juntos. En España, las fuerzas armadas también están equipándose rápidamente en el mismo sentido. Internet es el espacio del poder y de la felicidad, de la paz y de la guerra”.

Queda la incertidumbre del desenlace de los acontecimientos. A la fecha, la crisis en Túnez continúa con la noticia del coma del presidente depuesto Ben Alí, la renuncia del primer ministro y el anuncio de la convocatoria de una nueva Asamblea Constituyente para el mes de julio. Egipto está gobernada por los militares quienes continúan soportando la presión de los ciudadanos para completar los objetivos de la revolución, en medio de promesas de reforma constitucional y elecciones en el corto plazo. En Libia prefirieron seguir la senda de la Guerra Civil y la cosa se ha visto reducida al enfrentamiento paramilitar aderezado con crímenes de lesa humanidad. Los países vecinos siguen buscando maneras de que frenar el virus rebelde en sus territorios.

Iria Puyosa plantea su visión de lo que podría suceder: “¿Se darán los cambios sociales, económicos y políticos en el espíritu de los “rebeldes” de calle? Depende de cuan listas estén esas redes para proponer e impulsar proyectos de nación y de gobierno. En el próximo capítulo lo importante será la búsqueda de recursos, espacios de participación y formas de organización para que ese siguiente episodio tenga un final feliz”.

https://dospuntocero.com.ve/la-rebelion-viral/

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