Hace poco por cosas del azar delante de mí tenía a una niña de unos 10 u 11 años que jugaba con la computadora de su padre. El punto es que la chavala, a menos de un metro de la persona a cargo de ella, estaba en Internet navegando en cualquier sitio hasta que finalmente se validó en Facebook.

Colores y movimiento es lo que me hicieron de vez en cuando echar un ojo a aquello que la niña miraba: gifs (animaciones cortas que se reproducen continuamente en bucle) de animales, publicidad de bebidas azucaradas, banners de las pop stars del momento y sobre todo selfies, muchos selfies de niñas de su edad.

Ya en alguna ocasión me he detenido a hablar del narcisismo imperante en las redes sociales. El amor desmedido hacia nosotras mismas y todo lo que hacemos expuesto en cada publicación que hacemos, que si bien somos personas adultas y por lo tanto, teóricamente, podemos entender las consecuencias de este acto, no así aplica para la niña de la que les comenzaba hablando (y por extensión a todas las niñas).

La sexualización de las mujeres comienza desde la niñez. Si no me creen o piensan que soy una alarmista, echen un ojo al tipo de fotos que las niñas que tengan alrededor (sus hijas, sus sobrinas, vecinas…) qué posturas adoptan en cuanto ven que una cámara las apunta, cómo se ubican o con qué tipo de ropa o peinado deciden que la foto es válida para el clic final que la ubique en la red, liberada al mundo.

Además tenemos varios problemas. El primero, el llamado el “síndrome selfie”, acuñado a partir de la palabra inglesa “selfie”, que es utilizada para este tipo de autorretratos, aunque también denomina a las personas obsesionadas por publicarlos y compartirlos. Piensen si ustedes mismas no son adictas a autorretratarse, y entonces miren a las niñas y niños de su alrededor a ver qué hacen.

El segundo de los problemas con los que nos encontramos es cuanta información estamos liberando para que cualquier persona pueda verla: personas a quienes conocemos y estimamos, y también personas que no sabemos quiénes son y que además pudieran tener intereses ocultos (aún más perjudiciales para una niña de 11 años que se hace un selfie).

El tercero de los problemas es que aunque algunas personas somos conscientes de la información que podemos dar a través de los selfies y, por ejemplo, dosificamos o no usamos este tipo de imágenes, en general es una práctica muy común. Los selfies se hacen de una manera inconsciente, síntoma de que podríamos necesitar la aceptación de otras personas, tener baja autoestima o incluso, pecar de narcisistas.

De ahí que me preocupe de niñas de 11 años se pasan el día haciendo muecas y poses de revista delante de la cámara del celular, aunque estén a pocos metros de la persona que las tiene a su cargo invadida de una falsa sensación de seguridad, ya que en realidad pueden estar en una situación de riesgo.

Las chavalas y chavalos por estar en crecimiento y desarrollo necesitan protección especial, es por ello que las personas adultas que estamos a su lado debemos aprendernos bien la lección para enseñársela y evitar que corran riesgos innecesarios.

Hablemos con las niñas y niños sobre el uso del celular y los selfies, reflexionemos sobre qué estamos publicando en las redes sociales, de si es pertinente aquello que decimos y subimos online, pensar por qué lo hacemos y si realmente todas las personas que son nuestras amigas les interesa. Seguridad y sentido común para todas, también para las niñas de 11 años.

Niñas de 11 años, selfies y reflexiones digitales

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